Una mujer que lea esto lo entenderá ¿cuántas veces no has sido interrumpida por otra persona mientras hablas? Iniciando con un “lo que ella quiso decir…” o un “eso no es nada, déjame te cuento…”, “las mujeres tienen cada idea…”, o hasta en un tono burlón te sueltan un “¿has pensado en dedicarte a otra cosa?” o simplemente hacen un cambio de tema radical sin dejar espacio a la comprensión de lo que acabas de expresar.
La práctica de silenciar a las mujeres, tristemente, no es rara ni espanta todavía. Pasa mucho en el lugar de trabajo, pasa en la televisión lo hemos visto recientemente en un reality show tan popular como regresivo, pasa en la política, pasa en la mesa durante la reunión familiar, en los salones de clase, en la calle, en los grupos de whatsapp, pasa en todos lados.
Se puede silenciar de muchas formas no solo dejando a la persona callada sino desdeñando sus ideas, ignorando sus esfuerzos, haciendo caso omiso de sus demandas por ejemplo preguntémosle a las feministas y a las madres buscadoras. También ocurre cuando se pasa por alto el deseo de expresarse y, en su lugar, se cede la palabra a alguien más, aunque no tenga nada relevante que decir.
Vulgarmente a las mujeres se nos atribuye una capacidad increíble para hablar pues se dice que hablamos el doble que los hombres, pero estudios revelan que hablamos la misma cantidad de palabras: un promedio de 16 mil al día, solo que en diferentes espacios. Las mujeres hablamos más en ámbitos íntimos o personales como círculos sociales o familiares y los hombres lo hacen con mayor frecuencia en espacios profesionales o públicos. Un condicionamiento socio cultural que nos ha costado revertir.
La buena noticia es que hoy las mujeres alzan la voz de forma más activa en sus entornos para tomar decisiones. O para defender a las que no pueden tomarlas. Pasa aquí y pasa del otro lado del mundo.
Desde nuestra libertad occidental nos enteramos hace unos días cómo el régimen talibán recrudeció las medidas hacia las mujeres musulmanas: ya no pueden hablar, cantar ni recitar versos en público, solo pueden hacerlo de la puerta de su casa para adentro, aunque moderadamente porque si alguien pasa cerca y las escucha, serán castigadas. Se trata de una ley que han justificado bajo el principio de “promover la virtud y eliminar el vicio” ya que a la voz de la mujer se le considera un vicio y, de acuerdo a esta nueva legislación, siempre que una mujer salga de casa debe ocultar su voz, rostro y cuerpo. Debe desaparecer prácticamente.
Lo anterior se suma a una serie de restricciones ya implementadas por el régimen que retomó el control de Afganistán en 2021. Las mujeres de ese país deben ir siempre acompañadas de un hombre que sea su familiar, no deben mostrar ninguna parte del cuerpo incluida la cara, no pueden practicar deportes ni estudiar, no pueden sentarse junto a un hombre y también han entrado en vigor leyes que prohíben a los hombres recortar su barba o solicitar a los barberos ciertos tipos de corte de cabello, así como el uso de corbata o llevar descubierto el cuerpo de la cintura a las rodillas, medidas más ligeras frente a la represión que se ejerce sobre las mujeres.
A lo anterior se suman otras absurdas restricciones para ambos sexos como tener, publicar o reproducir fotografías, imágenes o esculturas de seres vivos como animales o personas y el uso indebido de radios y aparatos de sonido. Y todo esto vigilado por los mohtasabeen conocidos como la Policía de la Moral. Si, como ese mundo que nos describió Orwell en 1984.
Los futuros no deseados se están materializando. Es inevitable pensar en otra imagen similar que proviene de la novela “El cuento de la criada” (Margaret Atwood, 1985) en la que en cuestión de meses los Estados Unidos se encaminan a la oscuridad y a un gobierno totalitario basado en el fanatismo religioso que justifica atrocidades como la esclavitud sexual de las mujeres fértiles, denominadas criadas, quienes son separadas de sus familias para engendrar a los hijos de lo que será la nueva sociedad norteamericana. Ellas y el resto de las mujeres bajo sus nuevos títulos de: esposas, tías, criadas, martas, de acuerdo a su función en la estructura del nuevo orden, no pueden leer, trabajar ni escribir; no pueden hablar entre ellas sino es de compras o del clima; o de crianza en el caso de esposas; o de cocina en el caso de martas; o de mandatos divinos en el caso de las tías.
La obra literaria llevada a la televisión justo en el periodo en que Trump llegaba a la Casa Blanca, fue referida en un discurso por la derrotada demócrata Hillary Clinton “No digo que este futuro distópico esté a la vuelta de la esquina… Pero la serie claramente está provocando un gran debate sobre los derechos y la autonomía de las mujeres. En El cuento de la criada, las mujeres son despojadas gradual y lentamente de todos sus derechos”, haciendo alusión a lo que le esperaba al país con la llegada del republicano.
La ficción que plantea Atwood parecía demasiado lejana pero hoy el Talibán confirma que esa normalidad tan temida es posible. La falta de libertades de la República de Gilead, nombre que recibe la nación norteamericana en la ficción, no dista mucho de lo que ocurre hoy en el territorio musulmán, donde la lucha por los derechos de las mujeres es una guerra sin cuartel.
¿Qué es lo que tanto les preocupa que las mujeres digan, revelen o griten?, ¿cuánto poder tiene su mensaje que lo silencian? Si alguien nos ha mostrado el poder que tiene su voz es Malala Yousafzai, la adolescente que en 2012, con solo 14 años de edad, recibió dos disparos por defender el derecho a estudiar de las niñas afganas como ella. Y si algo ha dejado claro es que si, su mensaje si tiene el poder de poner la mirada del mundo en esa lucha que mientras más se pretende silenciar, resuena más lejos y más fuerte. Malala sobrevivió, se convirtió en el Premio Nobel la Paz y sin duda personifica un valor sin límites que abolló al sanguinario régimen.
El silencio se asemeja a la muerte, a la aniquilación, a la anulación y a la desaparición. El silencio se convierte en una materialización de la muerte. El silencio al final es la muerte de todo: de la expresión, del pensamiento, de la injusticia, del sufrimiento. El silencio y la muerte por tanto coexisten. Guardar silencio es apoyar la represión. Lo que hoy ocurre en Afganistán ha hecho eco en las redes sociales donde a través de etiquetas como #FreeAfghanWomen, #LetUsExist y #BanTaliban se han manifestado las mujeres a través de videos en los que aparecen cantando y hablando para exigir se defiendan sus derechos y pidiendo el respaldo de la comunidad internacional. Todo menos silenciosas.
La lucha que en su momento tuvo notoriedad por Malala en la defensa del conocimiento y la verdad, vuelve a tomar fuerza a través de las voces de las mujeres que hoy defienden su libertad de ser y existir. Callarlas no será la solución, al contrario, lo que están provocando es encender otras voces alrededor del mundo, porque lo que pasa en Afganistán se repite en diferentes grados de represión en otras partes del planeta en donde resuena en las luchas de otras mujeres.
En España o en Inglaterra, en Brasil o en México, están siendo escuchadas y replicadas, no están solas. El silencio sería la muerte y eso aquí en México ya ocurre todos los días: 11 mujeres mueren a diario por el simple hecho de ser mujeres. Estamos a miles de kilómetros pero la causa nos une. Y por experiencia sabemos que silenciar a las mujeres es solo encender la llama de lo que tarde o temprano será un incendio. Que no nos sorprendan las consecuencias.

